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La necesidad de la psicoterapia en el tratamiento del alcohólico

Alva Angélica Ramírez Villatoro, Servicio Social en Psicología, Clínica ISSSTE, Ecatepec de Morelos, Edo. de México

Reimpreso de (Ganar Aliados no. 18 Abril - Junio 2005) con permiso de la Central Mexicana de S.G. de A.A., A.C.

El ser humano desde que nace, está en una lucha constante por ser socialmente reconocido, porque  gracias a la convivencia, a la coexistencia con otros  congéneres, es que sobrevivimos. También sabemos que  tendemos a reproducir los patrones conductuales y de pensamiento que realizaron nuestras figuras parentales u otras que influyeron en nuestra infancia; por ello, no es  extraño que cuando encontramos que una persona esta   enferma de alcoholismo o que hace uso indebido del consumo de alcohol, también encontramos que existió o existe el mismo problema en el hogar de origen.


Si bien, establecemos que el  ser humano desde su nacimiento requiere una rápida adaptación a sus circunstancias para ser aceptado y sobrevivir, cabe   hacer notar el hecho de que  depende del tipo de las situaciones que nos rodeen y  nuestra idiosincrasia particular, las decisiones que tomaremos   ante la vida para la adaptación.

El problema con ello es que no serán muy convenientes ni muy positivas dichas decisiones si han sido tomadas en una infancia muy temprana, con muy  poca información sobre la vida y porque la persona ha tenido que adaptarse a situaciones precarias, negligentes, faltas de afecto o con patrones de conducta destructivas como el alcoholismo.


En la vida de cada individuo, los sucesos dramáticos de la existencia, los roles de acción individual y social se  aprenden en la infancia; así también las transacciones o  tipos de estímulo –respuesta con los otros seres humanos— y todos estos sucesos, desde entonces han generado y generan determinados sentimientos.

El niño nace con una capacidad para todos los sentimientos: desde el afecto hasta la ira. Al principio, responde genuinamente de acuerdo con lo que siente: gritando, llorando, siendo mimoso. Conforme pasa el tiempo, sin embargo, a expensas de la adaptación social, va adaptando sus sentimientos de acuerdo con las  experiencias; puede entonces aprender a hacerse rígido,  a retirarse con miedo cuando alguien se acerca e incluso puede adaptarse a buscar el dolor. Cuando nacemos no tenemos un programa de respuesta en relación con las emociones y las personas, pero conforme crecemos cada  uno aprende hacia quién y sobre quién sentirnos culpables;  a quién y a qué temer; a quién y a qué odiar.


Una vez que hemos aprendido ciertas pautas psicológicas, conductuales y emocionales para  adaptarnos a nuestras circunstancias particulares, pasamos por la vida buscando situaciones afines que nos otorguen la posibilidad de experimentar las mismas  reacciones psicoemocionales de aquella infancia;  después de todo ¿no es a «eso» a lo que nos  adaptamos?



Ahora bien, si aprendí  a  adaptarme a situaciones de violencia, más tarde buscaré   relacionarme con la gente y en las  situaciones precisas que me
permitan ejercitar mis patrones adoptados ante tal circunstancia,  que por supuesto no serán muy convenientes, ya que en la infancia no se tiene mucha  información sobre lo que se puede hacer en un entorno así, más bien  se aprende a vivir con ello.


Si aprendí a adaptarme a las situaciones desprendidas del consumo de alcohol, buscaré de manera no consciente, las situaciones, relaciones sociales y circunstancias vitales que me sean ya familiares; peor aún si ya se tiene una predisposición  biológica. Por ello es tan común observar que aún siendo  hombres y mujeres informados o que, por lo menos se dan cuenta de lo inconveniente de su conducta, les cuesta   tanto trabajo dejar, aun por periodos el alcohol.

 

Así es que, al querer salir de las circunstancias inconvenientes y negativas de nuestra vida, nos  encontramos que es muy difícil cambiar nuestros patrones  de conducta, pensamiento y sentimiento que parecen perseguir dichas circunstancias. Se han convertido en  conductas compulsivas que nos proporcionan el ¿cómo? vivir la vida, puesto que eso se aprendió.

 

 

Por ello, es indispensable que al tiempo de un  tratamiento del alcoholismo, también se lleve un  tratamiento psicoterapéutico que busque reconocer,  analizar y reprogramar dichos patrones nocivos y autodestructivos cambiando la manera en cómo se ven las circunstancias, las relaciones sociales y sobre todo, el cómo se ve uno mismo.


«Mary», oriunda de Puebla, con seis hijos que la han abandonado a causa de su conducta alcohólica, cuenta  con sesenta años de edad y ya no sabe que fue primero, si  su conducta nociva que alejó a sus familiares, o bien, comenzó a beber porque la dejaron sola. En éste y otros casos graves de alcoholismo, se encuentra el mismo círculo  vicioso que pareciera no tener solución, pero que nos deja  claro que ella sólo se encontró con circunstancias similares  a las de su infancia, en donde la embargaba el sentimiento  de soledad al tener un padrastro abusador y alcohólico, además, una madre negligente ante sus circunstancias.

Queriendo escapar de esta situación, al tener más  información y experiencia, decidió que era hora de partir   para no sufrir más y se casó a los 16 años, con un hombre   violento y bebedor que murió a causa de una cirrosis  hepática. ¿Dejó de sufrir? No, por el contrario, sus patrones aprendidos en la infancia fueron guiando su camino y ahora nuevamente se siente sola, incomprendida y agredida.


Como este caso, la falta de conciencia y redecisión sobre patrones psicoemocionales y conductuales  aprendidos, llevan al individuo a vivir el drama de su vida  con un sentimiento de impotencia que parece no tener
remedio, pero, si al tiempo que atendemos el   padecimiento (alcoholismo) desde la medicina, se le  proporciona psicoterapia enfocada al cambio de
patrones de pensamiento y conducta, poniendo especial empeño en el aspecto afectivo de la persona, estaremos  brindando a dichos individuos más oportunidades para  convertir el drama de su existencia en una vida más  positiva y constructiva.